Por Roberto Hung Cavalieri | Abogado, Candidato a Doctor, Universidad Central de Venezuela | Profesor Invitado, Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne | Presidente del Taller “Blockchain y el Pensamiento Constitucional”, WCCL 2026, Bogotá. (*) Este artículo ha sido desarrollado con la total asistencia de IA como la de Gemini IA Pro y Claude Sonnet 4.6 bajo la supervisión del autor y con vista a sus propios trabajos.


Tres voces. Un mismo umbral.

El 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV presentó al mundo la encíclica Magnifica Humanitas, firmada el 15 de mayo —el mismo día en que, ciento treinta y cinco años antes, León XIII publicó la Rerum Novarum. La coincidencia no es casual: es una declaración de intenciones. Así como León XIII respondió a la Revolución Industrial con un documento que reconfiguró el pensamiento social del siglo XX, León XIV responde hoy a la revolución algorítmica con una pregunta que ningún laboratorio de Silicon Valley ha sabido formular con suficiente honestidad: ¿qué significa ser humano cuando la máquina aprende a decidir?

Ese mismo mes, Anthropic publicó su ensayo “Widening the Conversation on Frontier AI”, reconociendo que construir sistemas de IA seguros y beneficiosos requiere voces que van más allá de sus propios ingenieros: filósofos, juristas, líderes cívicos, tradiciones religiosas. Es una concesión estructural notable. Y es, también, una invitación que el Constitucionalismo Algorítmico Descentralizado no puede dejar sin respuesta.

Estas tres conversaciones —la del Vaticano, la de Anthropic, y la que se desarrolla en mi anteproyecto doctoral en la Universidad Central de Venezuela— no son paralelas. Son convergentes. Y su punto de encuentro tiene nombre y fecha: el Congreso Mundial de Derecho Constitucional, Bogotá, 2026.


De Westfalia a la Soberanía Algorítmica: el problema que Anthropic no ha nombrado.

El ensayo de Anthropic menciona a filósofos, religiosos y líderes cívicos. Pero hay una disciplina que brilla por su ausencia en ese catálogo: el derecho constitucional. Y su omisión no es menor, porque si la IA requiere una constitución —y Anthropic ha construido literalmente una, la Constitución de Claude— entonces la alineación de la IA es, en su núcleo epistemológico, un problema de Derecho Público. No de ingeniería.

Mi anteproyecto de tesis doctoral, “Blockchain y la superación de la idea de soberanía westfaliana“, parte de una premisa que la literatura técnica sobre IA evade sistemáticamente: el orden jurídico internacional que hoy pretende gobernar la inteligencia artificial fue diseñado en 1648. La Paz de Westfalia estableció que la soberanía es territorial, jerárquica y estatal. Que fuera de las fronteras del Estado no hay derecho válido. Que el monopolio de la fe pública —la certeza jurídica sobre quién es quién, qué es de quién, qué fue acordado— pertenece al aparato soberano.

Blockchain disuelve cada uno de esos supuestos. Y los grandes modelos de lenguaje, gobernados por sus propias constituciones internas, los disuelven de una manera aún más radical: desplazan la soberanía normativa del territorio hacia el protocolo. Cuando Anthropic dota a Claude de un conjunto de principios fundacionales contra los que sus respuestas son evaluadas recursivamente, está ejecutando —quizás sin saberlo— el mismo gesto político que Bodin teorizó en el siglo XVI y Hobbes elevó a categoría filosófica en el siglo XVII: la creación de un soberano artificial que impone orden sobre el caos mediante normas internas.

La pregunta constitucional es, entonces, inevitable: cuando el algoritmo gobierna, ¿quién gobierna al algoritmo? Mi tesis propone que la respuesta no puede emanar únicamente de quienes construyen el código, del mismo modo en que la legitimidad de una constitución no puede emanar únicamente del poder que pretende limitar.


León XIV, Benanti y la “Algorética”: una doctrina social para la era del código.

La Magnifica Humanitas no es un documento tecnológico. Es un documento constitucional en el sentido más profundo del término: define qué es el ser humano, qué le es inviolable, y qué formas de poder no pueden ejercerse sobre él sin violentar su dignidad. León XIV advierte, con una claridad que los manifiestos corporativos raramente alcanzan, que las innovaciones tecnológicas pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Y diagnostica que la IA, tal como se despliega hoy, alimenta precisamente esa brecha.

Detrás de este documento hay una década de reflexión institucional en la Santa Sede, y en su centro intelectual ha estado Fray Paolo Benanti, teólogo moral franciscano, ingeniero de formación, asesor del Órgano Consultivo de las Naciones Unidas sobre Inteligencia Artificial y presidente de la Comisión italiana sobre el impacto de la IA en la información. Benanti es el arquitecto de lo que él denomina “algorética”: la disciplina que gobierna éticamente los algoritmos. Su tesis central es tan simple como devastadora: no es un problema de uso, sino de gobernanza.

Esta distinción importa más de lo que parece. Anthropic, como la mayoría de las empresas de IA de frontera, ha invertido enormemente en el problema del uso: qué puede y no puede hacer Claude, cómo responde ante instrucciones conflictivas, cómo resiste la manipulación. Pero el problema de la gobernanza —quién decide los valores que se entrenan, qué tradiciones jurídicas se incorporan, qué voces del mundo no anglófono son escuchadas antes de que el modelo sea desplegado sobre millones de personas— ese problema permanece estructuralmente abierto.

Y es precisamente allí donde la Rerum Novarum original ofrece una lección que no ha envejecido: León XIII no esperó a que el mercado resolviera la cuestión obrera. Reconoció que había actores —los trabajadores, los pobres, los desposeídos de la representación— cuya ausencia en la conversación no era accidental, sino constitutiva del problema mismo. León XIV replica esa lógica: quienes serán más afectados por la IA son quienes menos poder tienen para configurarla. El Constitucionalismo Algorítmico Descentralizado no es un fenómeno para tecnologías diseñadas bajo la cultura de la autoridad sino desde la cultura de la justificación como bien afirmaba el jurista y y también tecnólogo surafricano Etienne Mureinik. Es el territorio donde las consecuencias de esos diseños se manifiestan con mayor crudeza y menor amortiguación institucional.


El Investigador en el Bucle: por qué Venezuela produce metodología más robusta.

Hay una claridad intelectual particular que emerge de la inestabilidad. Investigar en Venezuela —una jurisdicción donde los marcos institucionales han cedido sistemáticamente bajo la presión del poder, donde el constitucionalismo se ha desnaturalizado hasta convertirse, como señalo en mi anteproyecto, en instrumento de dominación y no de control del poder— impone una disciplina que los entornos académicos estables raramente exigen.

Mi metodología doctoral opera bajo el modelo que denomino “Investigador en el Bucle” (Researcher-in-the-Loop): empleo a Claude no como asistente de redacción ni como buscador de fuentes, sino como lo que Benanti llamaría un espejo crítico y lo que yo denomino un Abogado del Diablo Sintético. Un interlocutor socrático configurado para desafiar activamente las premisas del investigador, detectar sesgos cognitivos y forzar una fundamentación más robusta de cada proposición.

La pregunta que le planteo no es “¿cómo funciona blockchain?” La pregunta es: ¿puede el consenso algorítmico sustituir a la legitimidad democrática? ¿Es la soberanía digital individual una categoría jurídica viable? ¿Puede un protocolo criptográfico ser la norma fundamental de un ordenamiento jurídico legítimo? El modelo resiste, matiza, señala contradicciones. Yo replico. Lo que emerge no es investigación generada por IA —es investigación forjada a través de la tensión dialéctica con una mente sintética.

Esta metodología previene activamente lo que Benanti identifica como uno de los riesgos más silenciosos de la IA: no la alucinación técnica, sino la alucinación epistemológica —la deriva pasiva hacia aceptar lo que la máquina produce como si fuera pensamiento propio. En un contexto donde el propio Estado ha devenido en agente de desinformación, la desconfianza crítica hacia cualquier autoridad —incluida la autoridad sintética— no es paranoia metodológica. Es rigor profesional.

Anthropic escribe que planea comprometerse próximamente con “juristas, psicólogos, escritores e instituciones cívicas”, y que muchas de esas conversaciones irán “más allá de la formación moral hacia preguntas más amplias sobre cómo la IA está reconfigurando el trabajo, las instituciones y la distribución del poder”. Eso es exactamente lo que el WCCL 2026 está diseñado para hacer. No en abstracto, no en un seminario corporativo, sino en el foro donde las mentes que han interpretado los derechos fundamentales de cientos de millones de ciudadanos examinarán si los sistemas algorítmicos pueden asumir obligaciones constitucionales.


Bogotá 2026: Donde las Mentes Constitucionales Encuentran las Máquinas Constitucionales.

En 2026, el Congreso Mundial de Derecho Constitucional se reúne en Bogotá bajo los auspicios de la Universidad Externado de Colombia. Es la cumbre global por excelencia del constitucionalismo: presidentes de tribunales constitucionales, magistrados de cortes supremas, académicos de élite de todos los continentes habitados. Presidiré el taller “Blockchain y el Pensamiento Constitucional”, una sesión diseñada para poner la arquitectura del código descentralizado en colisión directa con la arquitectura de la gobernanza democrática.

Anthropic escribe que planea comprometerse próximamente con “juristas, psicólogos, escritores e instituciones cívicas”, y que muchas de esas conversaciones irán “más allá de la formación moral hacia preguntas más amplias sobre cómo la IA está reconfigurando el trabajo, las instituciones y la distribución del poder”. Eso es exactamente lo que el WCCL 2026 está diseñado para hacer. No en abstracto, no en un seminario corporativo, sino en el foro donde las mentes que han interpretado los derechos fundamentales de cientos de millones de ciudadanos examinarán si los sistemas algorítmicos pueden asumir obligaciones constitucionales.

La pregunta que León XIV plantea en Magnifica Humanitas —si el control de la IA debe permanecer en manos de unos pocos— y la pregunta que yo planteo en mi tesis —si la soberanía puede residir en el individuo a través de la criptografía en lugar de en el Estado a través del territorio— son la misma pregunta formulada desde registros distintos. Y ambas convergen en Bogotá.


Un Desafío Directo: Del Manifiesto a la Institución

A Anthropic y a su equipo de Impacto Societal: el trabajo teórico está hecho. “Widening the Conversation” es un documento honesto. Pero los manifiestos no son instituciones, y las consultas no sustituyen a la coautoría.

León XIII no escribió la Rerum Novarum consultando a los obreros sobre sus preferencias. La escribió después de décadas de observación, formación doctrinal acumulada, y un diagnóstico institucional que reconocía la insuficiencia de las soluciones existentes. León XIV ha hecho algo análogo con la Magnifica Humanitas: diez años de reflexión interna, voces de teólogos, tecnólogos, juristas, y la convicción de que la Iglesia no puede permanecer al margen de esta transformación. Benanti articula el principio operativo: no es un problema de uso, sino de gobernanza.

El Constitucionalismo Algorítmico Descentralizado no está esperando ser incluido en esta conversación. Está construyendo sus propias categorías para tenerla. Mi anteproyecto doctoral propone el criptoconstitucionalismo como marco: la posibilidad de que la protección de los derechos humanos sea autoejecutable, que no dependa de la discrecionalidad de funcionarios subordinados al poder, que el “Contrato Social” deje de ser una abstracción y se convierta en un protocolo de confianza cero donde el Estado opera como un agente vigilado por la misma red que integra.

Esa es la propuesta que llevo a Bogotá. Y esa es la conversación a la que Anthropic está invitada: no como anfitriona, sino como participante. Hay una diferencia crucial entre ambas posiciones. La primera supone que ya se tiene el marco y se buscan voces que lo validen. La segunda supone que el marco está, todavía, siendo escrito.

El Constitucionalismo Algorítmico Descentralizado no está pidiendo un asiento en la mesa. Está construyendo el salón.

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